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GUERREROS DEL ARCOIRIS

La medida del dinero

por Grian

 

 

Newsletter - Noviembre 2009

 

En la ciudad donde vivo, hace ya un par de semanas que comenzaron a podar los grandes platanos de hoja de arce que dan sombra en verano a las principales avenidas, dejándolos completamente pelados, como manos abiertas que se estiraran hacia el cielo suplicando. Hacia la medianoche, cuando saco a pasear al perro, escuchó el parloteo de los pájaros insomnes, que se amontonan buscando abrigo en los pocos árboles que aún quedan por podar. 

Los árboles aún tienen la inmensa mayoría de sus hojas. La caída otoñal todavía está comenzando, pero los responsables del ayuntamiento han pensado que era mejor podarlos ahora, antes de que la savia de sus venas se aletargue, que sería la época natural para la poda. Según dicen, haciendo la poda ahora, el ayuntamiento se va a ahorrrar mucho dinero en la limpieza de las calles, que dentro de pocas semanas quedarían cubiertas de hojas secas.

Todo suena muy razonable y muy sensato, claro está, para las mentalidades cuya principal vara de medir la constituye la vara del dinero. Si algo nos va a salir más barato, estaremos dispuestos a pasar por encima del orden natural, de las necesidades y los ritmos de la comunidad de vida (término en el que se reitera una y otra vez la Carta de la Tierra), e incluso estaremos dispuestos a prescindir de esos pequeños y emotivos rituales que nuestros hijos poco a poco olvidarán, como el de caminar entre un palmo de hojas secas, levantándolas con nuestros pies a cada paso. 

Grian

 

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No importan los árboles (¿alguien se pregunta si sufren cuando aún no han entrado en el letargo invernal?); no importan los pájaros (¿a quién le importa si no encuentran abrigo frente a los primeros fríos?); no importan los ciclos de la naturaleza ni las vivencias y emociones que esos ciclos nos han procurado desde nuestra más tierna infancia (patear hojas secas es una estupidez infantil). Importa más ahorrar un poco o un mucho de dinero. 

No importa la vida (árboles, aves, recuerdos, emociones). Lo importante es el dinero (pedazos de papel pintarrajeados). Y esto nos parece de lo más natural, de lo más normal.

 

No, esto no es una crítica al ayuntamiento de mi ciudad. Honestamente, creo que es el mejor ayuntamiento posible, dadas las circunstancias. Creo que, entre las distintas opciones que había en las elecciones, es el grupo con una mayor conciencia medioambiental. 

No. El problema no es del ayuntamiento. El problema es de todos, de todos nosotros, de la sociedad que hemos construido y de la mentalidad que nos anima a todos y que damos por supuesta y por sentada. 

Si el ayuntamiento dejara caer las hojas del otoño y no las recogiera (que, por otra parte, sería lo más natural), habría una legión de protestas contra sus responsables por no tener las calles «limpias». Si el ayuntamiento dejara caer las hojas e hiciera trabajar horas extras a los servicios de limpieza día a día durante el otoño, entonces nos quejaríamos todos ante la próxima subida de impuestos. De modo que, al final, el ayuntamiento «corta por lo sano» (plenamente aplicable en este caso) y se evita críticas y descontentos. ¿A quién le van a importar los árboles, los pájaros, las melancólicas hojas secas del otoño? A nadie.

 

El problema es de todos nosotros, de la mentalidad con la que valoramos y evaluamos lo que sucede a nuestro alrededor, de nuestros órdenes de prioridades. Decimos que somos muy ecologistas, pero que no nos toquen el bolsillo con los impuestos a fin de tomar medidas medioambientales. Decimos que somos compasivos y defensores de la vida, pero que los pájaros no se me caguen en el coche cuando lo aparco debajo de un árbol. Decimos que estamos a favor de la vida, pero que la vida (la de verdad, la natural) no nos incomode con sus pequeñas molestias. 

Nuestra vida se ha hecho tan antinatural, que las cosas naturales, las que siempre se aceptaron como parte de la realidad, se nos antojan una molestia. 

Y así, terminamos teniendo la sociedad y el mundo que nos merecemos. Tenemos los programas de televisión que nos merecemos: los que determina la medida del dinero publicitario, es decir, programas basura. Tenemos los alimentos que nos merecemos; es decir, aquellos que salen más económicos en su producción, aunque no sean saludables. Tenemos los trabajos que nos merecemos; aquéllos que nos proporcionan más dinero y más capacidad de consumo, aunque nos deje el depresivo síndrome del domingo por la tarde ante la idea de volver cada lunes a algo que no nos llena ni tiene sentido en nuestro interior. Tenemos los bancos que nos merecemos, es decir, aquéllos para los cuales las personas no son más que siluetas humanas con cara de cartón, aparentemente sin emociones ni sentimientos, pero que suponen beneficios económicos. Y tenemos los políticos que nos merecemos: aquéllos que, con tal de que les vuelvan a votar, le dan prioridad absoluta al estado de las arcas públicas. 

Mientras la medida del dinero tenga la más alta prioridad en nuestras mentes, no esperemos un mundo mejor... y tampoco señalemos a otros por los males que nos sobrevengan por este estado de cosas. Nosotros seremos los únicos responsables.

 

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