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No importan los árboles
(¿alguien se pregunta si sufren cuando aún no
han entrado en el letargo invernal?); no
importan los pájaros (¿a quién le importa si no
encuentran abrigo frente a los primeros
fríos?); no importan los ciclos de la
naturaleza ni las vivencias y emociones que
esos ciclos nos han procurado desde nuestra más
tierna infancia (patear hojas secas es una
estupidez infantil). Importa más ahorrar un
poco o un mucho de
dinero.
No importa la vida
(árboles, aves, recuerdos, emociones). Lo
importante es el dinero (pedazos de papel
pintarrajeados). Y esto nos parece de lo más
natural, de lo más normal.
No, esto no es una crítica
al ayuntamiento de mi ciudad. Honestamente,
creo que es el mejor ayuntamiento posible,
dadas las circunstancias. Creo que, entre las
distintas opciones que había en las elecciones,
es el grupo con una mayor conciencia
medioambiental.
No. El problema no es del
ayuntamiento. El problema es de todos, de todos
nosotros, de la sociedad que hemos construido y
de la mentalidad que nos anima a todos y que
damos por supuesta y por
sentada.
Si el ayuntamiento dejara
caer las hojas del otoño y no las recogiera
(que, por otra parte, sería lo más natural),
habría una legión de protestas contra sus
responsables por no tener las calles «limpias».
Si el ayuntamiento dejara caer las hojas e
hiciera trabajar horas extras a los servicios
de limpieza día a día durante el otoño,
entonces nos quejaríamos todos ante la próxima
subida de impuestos. De modo que, al final, el
ayuntamiento «corta por lo sano» (plenamente
aplicable en este caso) y se evita críticas y
descontentos. ¿A quién le van a importar los
árboles, los pájaros, las melancólicas hojas
secas del otoño? A nadie.
El problema es de todos
nosotros, de la mentalidad con la que valoramos
y evaluamos lo que sucede a nuestro alrededor,
de nuestros órdenes de prioridades. Decimos que
somos muy ecologistas, pero que no nos toquen
el bolsillo con los impuestos a fin de tomar
medidas medioambientales. Decimos que somos
compasivos y defensores de la vida, pero que
los pájaros no se me caguen en el coche cuando
lo aparco debajo de un árbol. Decimos que
estamos a favor de la vida, pero que la vida
(la de verdad, la natural) no nos incomode con
sus pequeñas
molestias.
Nuestra vida se ha hecho
tan antinatural, que las cosas naturales, las
que siempre se aceptaron como parte de la
realidad, se nos antojan una
molestia.
Y así, terminamos teniendo
la sociedad y el mundo que nos merecemos.
Tenemos los programas de televisión que nos
merecemos: los que determina la medida del
dinero publicitario, es decir, programas
basura. Tenemos los alimentos que nos
merecemos; es decir, aquellos que salen más
económicos en su producción, aunque no sean
saludables. Tenemos los trabajos que nos
merecemos; aquéllos que nos proporcionan más
dinero y más capacidad de consumo, aunque nos
deje el depresivo síndrome del domingo por la
tarde ante la idea de volver cada lunes a algo
que no nos llena ni tiene sentido en nuestro
interior. Tenemos los bancos que nos merecemos,
es decir, aquéllos para los cuales las personas
no son más que siluetas humanas con cara de
cartón, aparentemente sin emociones ni
sentimientos, pero que suponen beneficios
económicos. Y tenemos los políticos que nos
merecemos: aquéllos que, con tal de que les
vuelvan a votar, le dan prioridad absoluta al
estado de las arcas
públicas.
Mientras la medida del
dinero tenga la más alta prioridad en nuestras
mentes, no esperemos un mundo mejor... y
tampoco señalemos a otros por los males que nos
sobrevengan por este estado de cosas. Nosotros
seremos los únicos
responsables.
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