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¿Has reflexionado alguna vez sobre el sinsentido del comportamiento de esos hombres que, aún
detestando profundamente a sus esposas o compañeras, se empeñan en seguir viviendo con ellas y en
impedir a toda costa que ellas se alejen de ellos e inicien una vida
aparte?
Estos hombres serían más felices si dejaran ir a sus mujeres y se olvidaran de ellas; tendrían
ocasión de iniciar una relación con otra mujer a la que no detestasen y se darían la oportunidad de
volver a ser felices. Y, sin embargo, se empecinan en no dejar escapar a quien detestan,
convirtiendo su vida y la de su pareja en una pesadilla.
Es un comportamiento realmente absurdo, incluso estúpido, a pesar de que muchos de estos hombres
pueden ser ciertamente inteligentes y cultos.
Resalto lo absurdo de este comportamiento a propósito de una situación que, salvando las distancias
del número de personas implicadas, tiene una semejanza patente en cuanto a las emociones implicadas
y al absurdo de las actitudes que generan. Me refiero al tema (ya cansino para mí) del rechazo de
una parte de la sociedad española a los catalanes.
Para los que viven fuera de España, este conflicto es un asunto que no terminan de entender,
posiblemente porque proceden de países donde hay una mayor homogeneidad cultural. Pero España, como
tal, “is different” también en esto. No soy un experto
en historia, pero sí sé lo suficiente como para explicar que España es la suma de varias culturas
distintas que, desde la Edad Media, han venido enfrentándose y haciendo alianzas hasta unirse
políticamente en un conglomerado sumamente rico, no sólo en lenguas, sino también en costumbres e
idiosincrasias ante la vida. Hay que tener en cuenta que en la península ibérica convivieron
musulmanes, cristianos y judíos durante ocho siglos, en “países” distintos: Castilla y León,
Al-Andalus, Aragón y Cataluña, Navarra y el pueblo vasco… (no vamos a hablar de Portugal porque
esto nos ocuparía mucho más tiempo).
En España fuimos capaces de unirnos mucho antes, por ejemplo, de que consiguieran hacer lo mismo en
las Islas Británicas. La unificación (previa conquista de Al-Andalus) tuvo lugar aquí a caballo de
los siglos XV y XVI, en tanto que el Reino Unido (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte)
se unieron a principios del siglo XVIII. Curiosamente, los ingleses no se echan las manos a la
cabeza por el hecho de que Escocia, Gales o Irlanda del Norte tengan sus propias selecciones
nacionales deportivas, o de que en Escocia acuñen billetes diferentes con el nombre del “Banco de
Escocia”; dos hechos que serían poco menos que un “pecado” en España. Simplemente, los británicos
aceptan el hecho diferencial de sus culturas y lo asumen sin dramatismos.
Pero no pretendo entrar —de momento— en la cuestión política, sino en la cuestión de las actitudes
que, como psicólogo, es mi campo. Y es que me preocupan las actitudes de tantos españoles con
respecto a los catalanes, puesto que se trata de actitudes que, en sí, son semillas de conflicto y,
por extensión, de guerra.
No, no estoy exagerando. En la sociedad española estamos dando la paz por sentada, como algo que
está ahí y que va a seguir estando ahí sin tener que hacer ningún esfuerzo; cuando nuestra historia
reciente —sin ir más lejos, la del siglo pasado— nos dice que no es así.
No demos la paz por sentada, y menos cuando se están alimentando actitudes y estados emocionales
que llevan al conflicto directo. En la antigua Yugoslavia tuvieron que darse esas mismas actitudes
y estados emocionales antes de desembocar en unas guerras cruentas cuyas heridas tardarán decenios,
incluso siglos, en restañar. Yugoslavia también era una suma de culturas, y era un país con peso
específico en Europa; hasta que alguien se empeñó en alimentar esas actitudes de confrontación, y
ya sabemos cómo terminó todo, en una serie de pequeños países que, por separado, tienen mucho menos
que decir y que aportar a la moderna Europa.
No minimicemos, así pues, la importancia que tienen estas semillas del conflicto, estas actitudes y
emociones que enfrentan a las gentes dentro de una misma nación.
Para empezar, quizás sería bueno que nos planteáramos el absurdo de la actitud del que rechaza y,
al mismo tiempo, pretende obligar al rechazado a seguir a su lado. Le hablo a la gente de la calle:
si tanto detestas a los catalanes, ¿por qué te empeñas en que tienen que seguir dentro de España?
Si los catalanes decidieran mayoritariamente que quieren salir de esa unión española (cosa que
sinceramente dudo), ¿no te parecería absurdo empeñarte en que siguieran unidos a ti, cuando tus
actitudes con respecto a ellos son de desprecio? Nos encontraríamos ante el mismo sinsentido del
hombre que detesta a su mujer del que hablaba al principio de este post.
Y es que, si lo que queremos es que Cataluña no se separe de España, ¿no sería más inteligente y
eficaz decirles a los catalanes que les queremos, que
queremos que sigan con nosotros, y que incluso nos sentimos orgullosos de ellos? (Recuerdo, sin ir
más lejos, que el orgullo nacional que ha generado la conquista de la Copa del Mundo de futbol por
parte de España, pasa por el hecho de que en el once titular de la selección española había cinco
catalanes permanentemente, seis cuando entraba Cesc en el campo, ¡más de la mitad del
equipo!)
Y es que, debido a la ley de acción-reacción, las actitudes de rechazo y de desprecio generan más
actitudes de rechazo y de desprecio en el otro lado, que alimentan a su vez las actitudes de
rechazo y desprecio en este lado, que a su vez alimenta las del lado opuesto, que a su vez… en
definitiva, un círculo vicioso que, en este asunto, recibe el nombre de ESCALADA DE LA
VIOLENCIA.
Yo he vivido dos años y medio en Cataluña, y debo decir que, allí, la inmensa mayoría de la gente
no se plantea el tema de la independencia como una aspiración que haya que plantearse seriamente,
algo por lo cual soñar… ¡salvo cuando se sienten agredidos
por aquellos sectores de la sociedad española que les rechazan! De hecho, muchos catalanes que
no han pasado demasiado tiempo viviendo en cualquier otro lugar de España, se sorprendían cuando yo
les hablaba de esas actitudes de rechazo que tan extendidas están en el resto del
país.

10 de julio de 2010. Un millón de personas se manifiestan en Barcelona por el
estatut de Cataluña (AFP)
Así pues, si lo que de verdad queremos es que los catalanes sigan dentro del estado español, será
más inteligente y sabio decirles que les queremos y que les valoramos. Y si lo que ocurre es que
les detestamos tanto como para no quererles, ¿para qué empecinarse en que TIENEN QUE seguir a
nuestro lado? (TIENEN QUE = “Yo te obligo por mi santa voluntad”). Yo, personalmente, prefiero no
estar demasiado tiempo con las personas con las que no me encuentro a gusto; no les deseo ningún
mal, pero no me empeño masoquistamente en tenerlas a mi lado.
Pero me gustaría también dar algunos apuntes fuera del campo en el que más preparado estoy, el de
las actitudes y las emociones. Me gustaría entrar también en el tema político o, incluso,
económico. Y es que no dejo de preguntarme a quién le
interesa este enfrentamiento entre las culturas de España. Ésa es la pregunta clave en este
tema: ¿quién o quiénes están interesados en dividir a las gentes de este
país?
Indudablemente, atisbo intereses políticos —y no me voy a esconder, por mucho que sea
“políticamente incorrecto” para un líder de una ONG hablar de política. El partido político que más
ha enfrentado al resto de los españoles contra los catalanes es el mismo partido que, con la misma
táctica política, exacerbando el enfrentamiento de los valencianos contra los catalanes, consiguió
hacerse un feudo permanente en la Comunidad Valenciana, una comunidad española que,
tradicionalmente, votaba mayoritariamente a la izquierda. Esto es un hecho, y no un mero asunto de
opinión.
El universo es paradójico, y resulta paradójico que quienes más hablan de la unidad de España sean
los que más flaco servicio estén haciendo a esa unidad. Al fin y al cabo, los extremos de toda
disputa se alimentan mutuamente en menoscabo de los moderados.
(De los intereses electorales de los partidos
políticos catalanes también podríamos hablar, pero eso es algo que dejo a los propios catalanes que
están por la paz y la concordia. Quedo a la espera de que alguien levante la voz desde allí.)
Pero, dicho esto, yo no me quedaría con que la siembra de las semillas del conflicto con los
catalanes sea un asunto exclusivo de estrategia política ni de un partido o sector social en
concreto. Yo pienso que hay algo más detrás. Y es que, en un mundo donde los intereses económicos
tienen prioridad sobre la política, me temo que habría que averiguar quién saldría económicamente beneficiado de este encono con
Cataluña.
Dejo la pregunta en el aire para que cada cual indague y especule. Yo me confieso incapaz de ir más
allá —de momento. Aunque me gustaría apuntar también lo que el escritor uruguayo Eduardo Galeano
recordaba hace poco en el periódico La Jornada
(31/07/2010), que “El historiador estadounidense Arnold J. Toynbee advierte que las sociedades en
decadencia tienden a la uniformidad y las sociedades en ascenso tienden a la diversidad”. Así pues,
más nos convendría aceptar y cultivar esa diversidad cultural que nos ha hecho y nos puede seguir
haciendo crecer.
Solamente me queda ya acabar proponiendo un ejercicio de imaginación a todos aquéllos que rechazan
de plano la actitud de los catalanes de defensa de su cultura.
Imagina que la Unión Europea se convierte en una realidad política, con un gobierno único con sede
en cualquier otro lugar de Europa que no fuera España. Imagina que, con el transcurso de los años,
ese gobierno dicta que el inglés es el idioma oficial y que, decenios o siglos después, bajo un
gobierno un tanto autoritario, se dictaminara que tu idioma, el español (habría que decir, el
castellano, porque el galego, el euskera y el catalán también son idiomas españoles, de momento),
pasa a ser un idioma de segunda clase, y que en los colegios donde estudian tus hijos, en la propia
España, se imponen las clases en inglés y vas viendo que la gente de las ciudades comienza a hablar
más el inglés que el castellano. ¿Qué pensarías? ¿Cómo te sentirías al ver que el idioma de tus
padres es arrinconado, que la cultura que te nutrió es minusvalorada en el resto de Europa y vista
como una cultura de segunda división? ¿Harías algo por defender tu idioma, tu cultura, tu orgullo
de ser español? Seguro que sí.
¿Y cómo te sentirías si en el resto de Europa la gente no comprendiera tu actitud y te criticaran
por no aceptar la “europeidad” de España, y por poner en peligro la unidad europea? ¿No te darían
ganas de independizarte de Europa? No me digas que eso no te pasaría a ti.
Así pues, ¿acaso podemos culpar a los catalanes por hacer lo mismo que hubiéramos hecho nosotros de
haber estado en su lugar?
Como pacifista y como psicólogo, mi misión es advertir de las nefastas consecuencias que pueden
tener algunas actitudes y emociones irreflexivas en la vida de todos, catalanes y no catalanes.
Reflexionemos, por favor, en el recorrido que pueden tener esas pulsiones humanas, en lo que pueden
propiciar y generar, y no nos dejemos manipular por aquellos que, por intereses políticos o
económicos, buscan encender la llama del conflicto entre nosotros.
No olvidemos que las semillas del conflicto son las mismas semillas que dan
lugar a las guerras.
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