|
Los hay que, debido a su
sangre caliente, se enfurecen ante tanta
estupidez como puede congregarse en un solo
evento (el poeta y filósofo alemán Friedrich
Schiller decía, «Contra la estupidez humana,
los propios dioses luchan en vano»).
Y los hay que, como yo,
o como Emilio Carrillo, en un
artículo que ha publicado en su
blog,
hemos optado por ver la
semilla de oro en el plomo (o el punto de yin
dentro del yang, como se prefiera). Quizás
seamos unos «optimistas». Algunos dirán que
somos unos idealistas trasnochados. Pero yo
prefiero pensar, como Gandhi, que somos
«idealistas prácticos».
¿Qué me ha quedado a mí
de la Cumbre de Copenhague?
Me han quedado varias
cosas, a saber:
En primer lugar, que ya
está bien de confiar en la clase política, por
muy «moderna» y avanzada que nos parezca. Que
lo que es evidente es que el desaguisado lo
tenemos que resolver entre todos, entre la
sociedad civil; y que, para ello, tendremos que
ser sumamente creativos e ingeniosos, buscando
las mil maneras de que los que gobiernan
terminen por abrir los ojos y ver lo que se nos
avecina a todos (Internet sin duda será clave
en este empeño).
En segundo lugar, y ya
que estamos en ello, me queda la respuesta de
la sociedad civil en Copenhague, con sus
manifestaciones y protestas. Sobre todo, me
queda el magnífico golpe de efecto de
Greenpeace en «la cena de las
pajaritas», con su contundente cartel de «Los
políticos hablan, los líderes actúan»; frase
que está dentro de la línea más pura de los
orígenes de Greenpeace, con su adherencia a la
profecía nativa americana de los
Guerreros del Arcoiris (tanto
la versión cree como la hopi de la profecía
dice que los Guerreros del Arcoiris «pondrán su
fe en las acciones, no en las
palabras»).
En tercer lugar, y ya
que hablamos de acción, me queda la tercera ley
de Newton, o principio de acción-reacción, que
dice que, cuando un cuerpo ejerce una fuerza
sobre otro, éste ejerce sobre el primero una
fuerza igual y de sentido opuesto. Esta ley se
puede comprobar en la vida cotidiana
fácilmente; cuando uno quiere dar un salto, lo
primero que hace es agacharse para empujar con
los pies el suelo. Así se obtiene el impulso
para saltar hacia arriba. Es decir, cuanto más
nos obliguen a agacharnos y pretendan que
escondamos la cabeza debajo del ala, más alto
saltaremos nosotros, los que creemos que otro
mundo mejor es posible, para hacernos ver y
ponerles en evidencia.
Eso ya nos pasó en los
años 60-70, cuando el gobierno de los Estados
Unidos intentó acallar las voces pacifistas
contra la Guerra de Vietnam. En la célebre
Marcha sobre el Pentágono de 1967 se
manifestaron unas 100.000 personas. Menos de 40
años después, el pacifismo es una fuerza que no
sólo no pueden ignorar, sino que temen (por eso
prohiben la emisión de imágenes de las guerras
de Iraq o Afganistán); y en las manifestaciones
contra la guerra de Iraq no fueron unas decenas
de miles de personas las que se manifestaron,
sino millones y millones en medio mundo (entre
Roma, Londres, Madrid y Barcelona, sumaron 7
millones de personas).
Así opera la tercera ley
de Newton… aplicada a las «ciencias
sociales».
Y, por último, y como
resumen de todo lo anterior, de la Cumbre de
Copenhague me queda algo mucho más… ¿cómo lo
diría? …algo más «intenso»:
Me queda la
determinación, multiplicada
ahora por x, de seguir trabajando y
luchando (sí, «luchando») por ese mundo mejor
posible.
Me queda la
convicción profunda de que
finalmente lograremos nuestro
objetivo.
Y me queda la
decisión firme de sumarme a la
próxima concentración de la sociedad civil
frente a las puertas de la próxima cumbre de
políticos sonámbulos (como la de Copenhague)
que se organice.
Mi aportación, en número
y en relevancia, será ciertamente humilde, pero
no se me escapa la enorme importancia que tiene
que todos y cada uno de los que creemos en otra
humanidad y otro mundo arrimemos el hombro en
este empeño.
volver arriba
volver a la portada de esta
Newsletter
|