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Pasaba el tiempo y se
repetían los instantes y saludos desde el
balcón a mi delicada y hermosa
vecina.
Esa noche llegué tarde a
casa y mi hija Ànnia me dio una de las
lecciones más bellas con las que
acostumbra a
regalarme.
—Mamá, ¿sabes que
he hecho?
—No —le contesté—. ¿Qué
has hecho?
Mi hija habla de una
forma muy peculiar, ágil y rápida; y, si está
nerviosa, incluso atropelladamente. En esta
ocasión, emocionada, me
contó:
—He visto a la “abuelita”
del piso de enfrente. Se llama
Eugenia.
Hasta entonces, no
sabíamos su nombre.
—¿Qué quieres decir?
—pregunté— ¿La has visto por el
balcón?
—Sí, la he visto por el
balcón —respondió—. He visto que estaba sola,
delante del televisor. Eran casi las once
de la noche... pero no he podido evitarlo. He
salido corriendo, he empezado a pulsar timbres
y a preguntar dónde vivía la mujer, hasta
que he dado con ella. Me ha abierto, he subido
a su casa y hemos estado charlando un buen
rato... allí sentadas... en el sofá. ¡Se ha
emocionado, y no hacía más que darme las
gracias! ¡Es más
“mona”!
Yo no tuve nunca el
impulso para dar un paso más y acercarme
un poco a ella; nunca me atreví a
acompañarla en su soledad. No me hubiera
supuesto un gran esfuerzo, y lo más probable es
que hubiera sido provechoso, tanto para ella
como para mí.
Pero mi hija Ànnia me
sorprendió también en otra ocasión. Estábamos
las dos en el coche, delante de la estación del
tren, esperando la llegada de un amigo, o un
familiar; no recuerdo. Llevábamos unos
instantes viendo cómo un chico negro, un
emigrante, estaba intentando salir de la
estación por las puertas giratorias de hierro.
Había metido su bicicleta levantada por uno de
los espacios de la puerta giratoria, y se le
había atascado en las barras. Yo lo miraba
desde el coche, y veía que la gente que salía
del andén con él, le eludían y tomaban la
puerta giratoria de al lado, mirando al chico
forcejear sin hacer nada por
ayudarle.
Y justo cuando estaba a
punto de exclamar «¡Pobre chico!», me di cuenta
de que mi hija estaba saltando del coche.
Se dirigió hacia él corriendo y, desde el otro
extremo de la puerta, le ayudó a desatascar la
bicicleta. No les costó mucho resolver el
problema.
Una vez más, ella había
dado un paso más.
¿Cuánto sufrimiento
podríamos aliviar si diéramos un paso
más?
¿Cuántos bosques, lagos,
mares, ríos podríamos salvar si diéramos
un paso más?
¿Cuánta felicidad,
cuántas sonrisas podríamos sembrar si diéramos
un paso más?
¿Cuánto dolor y cuántas
lágrimas podríamos evitar si diéramos un paso
más?
Sólo es dar un paso
más...no cuesta demasiado
¿verdad?
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