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Dar un paso más

por Marta Ventura

 

 

Newsletter - Diciembre 2009

Yo la veía desde mi balcón. Faenaba sus plantas o salía a airearse. Y, como tantas veces, dirigía la mirada perdida hacia mi balcón que quedaba al otro lado de la carretera que separaba  su edificio del mío. Yo sabiendo que le agradaba, agitaba el brazo y la saludaba alegremente desde la distancia. De hecho, a mí también me gustaba.   

En una ocasión coincidimos en la calle. Ella se disculpaba por si pareciera que nos estuviera espiando, pues lo que le agradaba, en la soledad impuesta por su viudedad y su vejez, era contemplar las idas y venidas de esas hijas adolescentes, de “ese hijo tan guapo que tienes”, del chiquillo y de su “joven” madre al mando de toda esa tribu, que vivían en una casa un poco más allá, en la acera de enfrente. 

Otras veces era  yo la que la observaba pues,  siendo ya medianoche, cuando iba a bajar la persiana, veía su figura sentada en el sofá con la luz intermitente del televisor reflejándose en su silueta. Sentía su tristeza e intuía su soledad. Años atrás, había coincidido con su marido, aquejado de demencia, mientras trabajaba en una residencia de ancianos. La mujer decidió sacarlo de allí (él solo asistía durante el día) y hacerse cargo de él ella misma, aún con sus limitaciones; y me consta que lo cuidaba con suma ternura y mimo.  Ahora estaba sola.

 

 Marta Ventura

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Pasaba el tiempo y se repetían los instantes y saludos desde el balcón a mi delicada y hermosa vecina. 

Esa noche llegué tarde a casa y mi hija Ànnia me dio una de las lecciones más bellas con las que acostumbra  a regalarme. 

—Mamá,  ¿sabes que he hecho? 

—No —le contesté—. ¿Qué has hecho? 

Mi hija habla de una forma muy peculiar, ágil y rápida; y, si está nerviosa, incluso atropelladamente. En esta ocasión, emocionada, me contó: 

—He visto a la “abuelita” del piso de enfrente. Se llama Eugenia. 

Hasta entonces, no sabíamos su nombre. 

—¿Qué quieres decir? —pregunté— ¿La has visto por el balcón? 

—Sí, la he visto por el balcón —respondió—. He visto que estaba sola, delante del televisor.  Eran casi las once de la noche... pero no he podido evitarlo. He salido corriendo, he empezado a pulsar timbres y  a preguntar dónde vivía la mujer, hasta que he dado con ella. Me ha abierto, he subido a su casa y hemos estado charlando un buen rato... allí sentadas... en el sofá. ¡Se ha emocionado, y no hacía más que darme las gracias! ¡Es más “mona”! 

  

Yo no tuve nunca el impulso para dar un paso más y acercarme un poco  a ella; nunca me atreví a acompañarla en su soledad.  No me hubiera supuesto un gran esfuerzo, y lo más probable es que hubiera sido provechoso, tanto para ella como para mí.  

Pero mi hija Ànnia me sorprendió también en otra ocasión. Estábamos las dos en el coche, delante de la estación del tren, esperando la llegada de un amigo, o un familiar; no recuerdo. Llevábamos unos instantes  viendo cómo un chico negro, un emigrante, estaba intentando salir de la estación por las puertas giratorias de hierro. Había metido su bicicleta levantada por uno de los espacios de la puerta giratoria, y se le había atascado en las barras. Yo lo miraba desde el coche, y veía que la gente que salía del andén con él, le eludían y tomaban la puerta giratoria de al lado, mirando al chico forcejear sin hacer nada por ayudarle. 

Y justo cuando estaba a punto de exclamar «¡Pobre chico!», me di cuenta de que mi hija  estaba saltando del coche. Se dirigió hacia él corriendo y, desde el otro extremo de la puerta, le ayudó a desatascar la bicicleta. No les costó mucho resolver el problema. 

Una vez más, ella había dado un paso más.  

  

¿Cuánto sufrimiento podríamos aliviar si diéramos un paso más? 

¿Cuántos bosques, lagos, mares, ríos  podríamos salvar si diéramos un paso más?  

¿Cuánta felicidad, cuántas sonrisas podríamos sembrar si diéramos un paso más? 

¿Cuánto dolor y cuántas lágrimas podríamos evitar si diéramos un paso más?  

Sólo es dar un paso más...no cuesta demasiado ¿verdad?

 

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