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El objeto de la Carta, repetido una y otra vez a lo largo de su redacción,
es la COMUNIDAD DE VIDA. No se habla ya del ser humano como único beneficiario, como ocurre en la
Declaración de los Derechos Humanos. Aquí se habla de toda la comunidad de seres vivos que poblamos
el planeta y, en definitiva, al planeta en sí, como escenario indispensable, necesario, para que
esa Comunidad de Vida tenga su existencia, y quién sabe si, como muchos afirman, un planeta vivo en
sí mismo.
Estos dos detalles comentados son ciertamente cruciales a la hora de
valorar la Carta de la Tierra como un documento históricamente crucial, un documento más humano y,
al mismo tiempo, menos centrado en el ser humano y más centrado en la globalidad viva que es la
Tierra; hechos que nos hablan de un salto de conciencia humano en el que estamos dejando de
mirarnos el ombligo como los bebés y estamos comenzando a darnos cuenta de que no somos los "reyes
de la Creación", sino más bien unos servidores de ésta, en la medida en que nuestra propia
supervivencia está inextricablemente unida a la del planeta y toda la Comunidad de Vida.
En definitiva, como dice la Carta en este principio, "A mayor libertad,
conocimiento y poder, [más] responsabilidad por promover el bien común"... el bien común de la
Comunidad de Vida, se entiende, como bien expresa el principio en su cabecera.
No más "reyes de la Creación", reyes ególatras, egocéntricos, egoístas e
infatiloides; a partir de aquí, servidores de la Vida toda.
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